27 enero 2006

Yo he venido aquí a hablar de mi libro

(Palabras y pecios para
la
Revista Literaria Nayagua
sobre mi novelón El clítoris de Camille)


Quizás yo, como el maestro Hierro, tampoco tenga agua (No hay agua, Nayagua) y por eso mi libro terrible, llamado primorosamente “El clítoris de Camille” sólo pueda nacer del ojo tuerto de la soledad. De esas muchas tardes de soledad –las mías- en las que me preguntaba del repudio por determinadas palabras –caso de “clítoris”- y de los títulos tan tontos que otros autores ponen a sus libros. Así yo quise, esa tarde de no agua y mucha leche, hacer o volver a hacer lo que había hecho Cervantes mucho antes, la novela/río; lo que había hecho Werther mucho antes, la novela/diario; lo que había hecho Nabokov mucho antes, la novela/polémica; lo que había hecho Radiguet, enamorado de todos los gatos, una noche de vino tonto porque no había agua, ay, no hay agua, no hay agua, la virgen sin clítoris de todas las lluvias, el que no salte, sí, mariquita más pía que todas mis tías.
Imitando a los maestros, y a las pocas maestras, yo me propongo un reto que es la novela sin dirección, llena de espejos, que es mi obra “El clítoris de Camille”. Bebo mucha leche en todo el proceso, jodo poco, no me afeito, no me ducho, escribo en varios formatos, incluido papel higiénico, doy trozos, pecios, a amigos como Leopoldo María Panero, que me aseguro que todo va bien porque no me propongo llegar a ningún sitio. Busco el refugio de la escritura dentro del refugio máximo que es el diálogo pretendidamente racional entre dos seres profundamente irracionales que se establece, entre algodones, al fondo del pasillo inmenso que es mi novela, oh, ay, “El clítoris de Camille”. Busco en Camille, lo que Hierro buscaba en su finca Nayagua (No hay agua), busco en Camille, pronunciado al bies, a la posible sombra de Camille Claudel, la escultura parisina, o siquiera un leve y pálida y temblorosa de mi propia persona. No me ducho, escribo, hago hechizos muy desnudo, muy solo, sabiendo que la soledad es el principio del verbo, al igual que el sexo comienza con el clítoris. Siempre hay un clítoris en el sexo, también en el sexo homosexual, donde el clítoris está cambiado de sitio, pero no por ello deja de brillar cuando se le estimula con la saliva para luego llegar a herirle con firme arma. Sexo homosexual hay en mi novela/río, porque la escritura, sentía, se me iba de las manos. Y juego con los excrementos hay en mi novela porque, alucinado, veía como el verbo se me manchaba de marrón, igual que a Juan Ramón, cuando Juan Ramón toma de Yeats aquel verso tan complejo de: “El amor es el lugar del excremento”.
Y luego, al final inmenso del callejón inmenso de mi novela y de mi vida, me encuentro con Pere Gimferrer, enloquecido con el texto, dando sentido a mi libro y a mi vida, aprobando mi vida para seguir mi viviendo y, gentilmente, aprobando mi libro para poder seguir escribiendo, sabiendo que yo sólo escribo para él, porque escribir para Pere Gimferrer sólo puede hacerse desde un desbordado grado de literaturización máxima y grafismo en vilo. ¿Qué es, pues, mi torpe obra? La historia de aquel hombre, sólo entrañable desde la ternura, llamado Dante Cornellius, cuyo cabello creía constantemente cambiar de color –verde, magenta, rosa, rojo, azul- y obsesionado, furtivamente, con los excrementos y el amor a una mujer, mujer/ninfa, a veces contemplado como abstracto y otras, las mejores, como el único sentido/sinsentido de la vida humana: vivir en sintonía con el otro, vivir para el otro. Dos juegos paralelos (el amor como enfermedad, la enfermedad dentro de la vida) buscándose sin cesar, cual sierpes álgidas en celo, al fondo de esa hoguera inmensa que es mi libro, donde la literatura, ay, es el único refugio de la vida y el protagonista auténtico del diálogo entre ellos.
Y todo, sí, volvamos a repetirlo, porque en aquellas tardes no había agua, Nayagua, y uno vivía prohibiéndose sin esperanzas, lo que debía ser vivido. Pasen y vean, cuesta veinte euros, promete mucho más. Pasen y vean, no hay agua, pero tampoco hace mucha falta. Tampoco hay luz, oh, pero que sea el tacto el único visor: los que nos dirija para, sí, iluminarnos.

Diego Medrano